martes, 2 de abril de 2013

ÁRBOLES DE HOJA CADUCA Y DE HOJA PERENNE


EL ÁRBOL DE HOJA CADUCA

Un árbol de hoja caduca fue sembrado en un hermoso jardín. A su alrededor crecían viejos árboles de hoja perenne.

Cuando llegó el invierno, el árbol de hoja caduca, ante la expectación de todos, perdió sus hojas. Con sorna (burla o ironía), los demás árboles se dirigían a él: ¡Qué pena nos da verte ¿Acaso estás muerto?  -exclamaban-. Tus ramas secas resultan, viejas, desapacibles. Las nuestras, en cambio, siguen siendo frondosas, verdes... El árbol de hoja caduca, reservado y silencioso, resistía las heladas, protegido, no obstante, por el cálido rescoldo de la savia que le alimentaba en sus adentros.

Cuando llegó la primavera, poco a poco, comenzaron a brotarle yemas, hojas, ramas espléndidas que de un verde tierno se izaban al cielo, alargando sus brazos en frescas sombras y refugio de cuántos avecillas acudían al jardín.

Los árboles de hoja perenne lo miraban y se decían: ¿Qué milagro es éste? ¿Acaso ha resucitado de la muerte? ¿Acaso pretende darnos lecciones de hojas y ramas?

El árbol de hoja caduca, adivinando sus pensamientos, y con gran humildad, les dijo: Siento, hermanos, vuestra torpeza al juzgarme en mis aparentes horas bajas. ¿No veis cómo sale la mariposa del capullo y alza sus vuelos en irisados colores, cuando llega la primavera? Así, durante el invierno, mis hojas viejas me abandonaron, pero mi sangre siguió regando lo más profundo de mi ser. De esta manera cada año, puedo estrenar ropajes nuevos. Yo no sabría qué hacer con las mismas vestiduras que me nacieron el día de mi alumbramiento